Tu cuerpo cambia, se agranda para dejar espacio a lo que está creciendo dentro de ti.
A veces cuesta reconocerte en esa nueva imagen. Porque no siempre vuelves a ser la de antes. Ni por dentro ni por fuera. Y por fin he aprendido que no hay nada de malo en ello.
Porque me he roto. Pero me he aferrado a seguir aquí. A disfrutar de este inmenso regalo que es crear vida. Y eso vale más que un cuerpo «perfecto».