Cuando comencé a ilustrar, necesitaba compartir mi felicidad e ilusión, pero también dejar salir miedos, soltar lastre, estar mejor.
Para muchas de mis ilustraciones tuve que posar, verme desnuda, sin filtro, mi cuerpo marcado con las huellas del tiempo, tres partos, dietas, complejos y miedos. Fue un proceso difícil. Nada de lo que veía me gustaba, solo sentía rechazo ante esa mujer que esperaba a ser dibujada. Incluso estuve a punto de abandonar, pero cuando mi mano y el lápiz tomaron el control, todo cambió. Mis ojos dejaron de juzgarme, de buscar defectos. Mi mirada era otra.
Necesité tiempo, pero por fin, he empezado a reconocerme en cada línea, a quererme, a verme de una manera diferente, a perdonarme por no ser perfecta, a sanar.
La vida de una mujer está llena de etapas a las que solemos enfrentamos bajo una visión idílica e irreal. Aunque esto está cambiando y ahora nos informamos y preparamos más, junto a esos recuerdos que no queremos perder, sensaciones, rutinas, caricias y miradas puede haber instantes de gran dolor físico y emocional, decepciones, traumas, lágrimas…