Ilustraciones de mujeres reales que me envían su fotografía porque, como yo, quieren reivindicar que el cuerpo de la mujer, nuestro cuerpo, no tiene que seguir los cánones de belleza de otros, no tiene que cambiar ni sufrir para encajar o gustar. Que estamos cansadas de sentirnos feas o muy gordas o muy delgadas o muy mayores o todo a la vez.
Es un trabajo largo, porque llevamos décadas intentando arreglar o cambiar un cuerpo que siempre ha sido tal y como debería ser, pero sé que mis ilustraciones y todo lo que este proyecto conlleva pueden ayudar a avanzar un poco más.
Porque es un proyecto necesario y seguirá siéndolo mientras existan mujeres con miedo a mirarse en un espejo, a las que no les gusta lo que ven en él, les incomoda e incluso les asquea.
No lo digo por decir, lo sé porque yo he estado entre ellas, en ese “espacio”, muchísimo tiempo. Y digo muchísimo, no mucho, porque con 47 años reconozco que he pasado más de treinta años juzgándome y castigándome.
Hablo de mí ahora, antes de profundizar más, porque creo que es importante que tú, que estás leyendo esto y que puede que te encuentres en ese mismo lugar, entiendas de dónde sale este proyecto y te sientas segura sabiendo que no pienso juzgarte, voy a entenderte e intentar con todas mis fuerzas sacarte de ahí.
Recuerdo una infancia llena de complejos, escuchando, en el mejor de los casos, conversaciones en voz baja que trataban sobre cómo se está poniendo la niña, pero que, habitualmente, llegaban con un simple y lapidario qué gorda estás, ¿no? Hacía dietas, me pesaba, me medía —no solo la cintura, intentaba abarcar con una mano el diámetro de la muñeca de la mano contraria. Mi objetivo era que mis dedos se tocasen o se montasen uno sobre otro—, me sentía terriblemente culpable cuando comía “de más” o a escondidas, (que era algo que hacía a menudo). Después llegó la anorexia y más tarde, al comenzar el instituto, escuché a una chica hablar en el lavabo sobre un descubrimiento milagroso. Ese que le permitía comer lo que quisiese sin engordar. En este punto, si miro hacia atrás y veo fotografías de esa época, había perdido bastante peso, podríamos decir que ya era “normal”. Al principio sentí rechazo, pero enseguida pensé que ahí podía estar la solución que necesitaba. Era muy sencillo: comer todo lo que quisiese (por fin) y después vomitar. El comienzo fue complicado, no voy a entrar en detalles porque fue muy desagradable, pero al poco tiempo mi nueva realidad se convirtió en algo sencillo.
Durante años vomité después de comer. No siempre, porque eso habría levantado sospechas, pero sí tras aquellas comidas en las que creía que me había pasado, en las que había tomado postre, comido pan, o más de un cazo de lo que fuese. Y por supuesto, siempre que comiese sola. No entiendo cómo pude mantener esa vida durante tantos tiempo. Después me quedé embarazada y ahí me di cuenta de que tenía que parar porque había en juego mucho más que mi salud, mi hijo. Fue muy difícil.
A pesar de ser madre aquello no se detuvo, seguí vomitando, aunque de manera más espaciada, solo cuando me sentía demasiado culpable o desesperada para pensar en algo más. Deje de hacerlo hará poco más de diez años, pero no voy a decir que me he curado porque, con sinceridad, no sé si eso es posible.
Durante muchos años mi mirada hacia mí misma ha sido dura, de rechazo, de asco. Llegué, incluso, a ser incapaz de tocarme y no me refiero de manera íntima, algo que me resultaba impensable, sino a realizar acciones tan cotidianas como echarme crema hidratante después de la ducha, me repulsaba hacerlo.
He necesitado mucho trabajo interno, terapía y apoyo de quien de verdad me quiere para comenzar a aceptar mi cuerpo, para verlo de otra manera más amable, para mirarme en un espejo, dejar que me saquen fotos sin esconderme y verlas después sin (casi) fruncir el ceño con desaprobación.
Hoy me doy cuenta de lo equivocada que estaba, de lo poco que me he querido y de lo mucho que me he maltratado a mí misma.
Siempre me he asombrado cuando mujeres a las que yo veía simplemente preciosas y seguras de sí mismas, me confesaban que estaban llenas de complejos, que su cuerpo les desagradaba y que vivían sumergidas en dietas y productos de belleza, rutinas extenuantes de ejercicio o sentimientos de culpabilidad por no estar haciendo más para lograr mejorar esos cuerpos que para mí eran casi perfectos. Porque eso de la perfección absoluta solo está en posesión de esas mujeres con las que el cine, la televisión o las revistas nos bombardean (aquí me alegro de poder decir que percibo que esto está cambiando. Despacio, pero cambiando). Ni hablar ya de mi estupefacción cuando mi cuerpo era el envidiado, cuando otra mujer creía que parecerse a MÍ era algo inalcanzable.
El cambio de actitud hacia mí misma no ha sido rápido, ha seguido un camino repleto de curvas y obstáculo que lo han convertido en un paseo lento, complicado, sin atajos y lleno de sentimientos difíciles de entender. Pero hoy estoy aquí y, aunque sé que me queda trabajo por hacer, por fin he empezado a sonreírme, a cuidarme, a respetarme y a reivindicar que no hace falta que nadie quiera cambiarme, que no voy a permitir que la mirada y las palabras de otros me hagan sentir defectuosa. Mi cuerpo no es un simple escaparate que los demás puedan juzgar y criticar. No tiene que cambiar para gustar a nadie, no tiene que sufrir para encajar. Le debo mucho y voy a agradecerle con todo mi cariño lo que me ha regalado. Me ha permitido dar vida a tres personas maravillosas, me ha llevado a cruzar metas de medias maratones, me proporciona placer, me permite viajar, descubrir, dibujar, reír…
Y con este proyecto espero que otras mujeres compartan ese camino conmigo y lleguen, como poco, al mismo punto en el que estoy yo.
Con la ayuda de muchas mujeres, no quiero poner un número porque cuantas más seamos más lejos vamos a llegar.
Retratando cuerpos reales, de mujeres como tú y como yo. Diversas, diferentes, porque así somos, porque esa es la realidad. Ilustraciones que nos permitan vernos tal y como somos, reconocer la belleza que hay en cada una de nosotras.
No son solo dibujos, son la manera de mostrarnos de verdad, reivindicar cómo nos sentimos, gritar nuestro cansancio, vernos con otros ojos gracias a la mirada de quien, con su lápiz, capta la belleza que hay en cada curva, en cada parte de ese envoltorio que tanto nos da.
No es un proyecto para un solo tipo de mujer. Es un proyecto para todas. No importa tu peso, cicatrices, procedencia, talla de pantalón o sujetador, profesión o el color de tu piel. He aprendido que no tiene importancia a qué te dediques, cómo vistas o cuánto dinero tengas, los complejos y los miedos no entienden de eso.
También me he encontrado mujeres que aceptan su cuerpo y que se sienten orgullosas de él. He podido retratarlas y sentir su fuerza, su seguridad, su sonrisa. Es un auténtico regalo.
No sé si existen palabras para explicar lo que se siente cuando una mujer que lleva años de trabajo interno para querer a su cuerpo, que ha intentado fotografiarse para que yo le hiciese su ilustración y no ha podido porque no es capaz de aceptar lo que ve, y un día lo logra y me envía la foto rápido (sin repetir ni mirarla porque no quiere arrepentirse) cuando ve la ilustración terminada, se emociona, llora y me da las gracias porque le parece preciosa y resultar que ella es la protagonista. Se reconoce en los detalles de ese cuerpo que está viendo y no hay rechazo, sino que, por fin, sonríe al verse.
Sé que por sí solas mis ilustraciones no van a cambiar una realidad que lleva acompañando décadas a las mujeres, pero también sé que es un paso que puede ayudar a muchas de nosotras, que puede servir para mostrar y normalizar la realidad y para que nos demos cuenta de que esos cánones imposibles de belleza no los hemos elegido nosotras, nos los han impuesto otros a los que, en realidad, poco o nada importamos.
Para llevarlo a cabo necesito varias cosas:
Es sencillo. Solo necesito una fotografía. No voy a decirte qué tienes que hacer o cómo has de posar. Tú eliges porque tú sabes qué necesitas o quieres expresar.
Material de calidad necesario para las ilustraciones.
En caso de poder realizar exposiciones de las obras serán necesarios marcos y material para montar la exposición.
Dos impresiones de cada ilustración en papel de calidad. Una ilustración será para la protagonista y otra se quedará en mi archivo para que, cuando sea necesario, pueda transportarla y enseñarla sin peligro de que se deteriore.
Aunque no pienso en ello como algo obligatoriamente necesario, si sería lo deseable poder contar con un porcentaje del 15% del precio real de cada ilustración para hacer frente al pago de autónomos y gastos asociados a mi profesión.
¿Te interesa?